jueves, 14 de noviembre de 2013

El intérprete, ¿nace o se hace?

Es una pregunta que llevo haciéndome desde hace muchos años y que hoy planteo aquí para intentar resolverla por fin. Porque, de verdad, tengo serias dudas.
 
Confieso que me matriculé en la licenciatura de traducción e interpretación (hace ya mucho, en 1993) porque quería ser ¡¡intérprete!! Los idiomas y la comunicación me encantaban pero mucho más si se les añadía el tinte de glamour y de dinamismo que implica meterse en cabina. Ya me veía yo con mi traje de chaqueta y mis tacones en la Comisión Europea o en las Naciones Unidas todo el día interpretando en grandes reuniones…
 

Mi gozo en un pozo. Mis profesoras de interpretación, auténticas divas de la profesión según se nos presentaban, decidieron a los pocos días de clase que yo “no valía” para ser intérprete y que me iba directamente a traducción. Así, tal cual. Como si para ser traductor valía cualquiera pero para ser intérprete no. No hubo más que hablar. Allí nadie podía rebatir esa decisión salomónica. Debía ser traductora y… soy traductora.
 
Así lo asumí y desde entonces me he pasado media vida traduciendo todo tipo de documentos, contenta con mi profesión pero, en el fondo, con esa espinita clavada en el corazón.
 
Sin embargo, tiempo después, durante los años que trabajé como profesora de traducción en otra universidad diferente a la mía, pude comprobar que allí cada alumno se decantaba por la opción que prefería. Si uno quería ser traductor, elegía traducción y si uno quería ser intérprete, elegía interpretación. ¡Ostras! ¿Qué está pasando? ¿Pero esto no se decidía en base a unas cualidades innatas a cada individuo? No entendía nada. Miraba a mis colegas profesores de interpretación esperando su oposición rotunda. ¿Nadie iba a decir nada? Y, señores, nadie decía nada…
 
Quise creer entonces que una cosa era que estos alumnos cursaran la rama de interpretación y otra muy distinta sería que pudieran llegar a ser intérpretes profesionales (si en el fondo carecían de “eso” que hay que tener para ser intérprete); pero la realidad es que por motivos laborales he tenido la oportunidad de colaborar con antiguos alumnos de esta universidad y debo decir que son profesionales como la copa de un pino y que ya me gustaría a mí interpretar como ellos lo hacen. Me quito el sombrero.

Así que, aquí me encuentro yo, 20 años después de haber acabado la carrera, intentando encontrar una explicación al hecho de que me impidieran cumplir mi sueño de ser intérprete y analizando a cada uno de los intérpretes con los que me cruzo en mi vida para ver si tienen ese “algo” que yo no tengo. Pero, la verdad, no acabo de tenerlo claro…
 
Entiendo que para ser intérprete se necesitan unas técnicas que se adquieren durante el periodo de formación y mucha práctica. Por supuesto, son necesarios unos requisitos previos como el nivel de idiomas y cultural, entre otros, pero creo que son también necesarios para dedicarse a la traducción y se dan por supuestos una vez superadas las pruebas de admisión a las que fui sometida para entrar en la carrera.
 
Entonces, ¿qué debe tener una persona para ser intérprete que no necesita un futuro traductor? ¿Cuáles son esas características indispensables para poder entrar en cabina? ¿Son los intérpretes de Venus y los traductores de Marte?
¿Quieres seguirnos por correo?